Publicado por: Equipo GDigital | miércoles 16 de septiembre de 2026 | Publicado a las: 17:23
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Se da por sentado que el mundo ya no experimenta un riesgo vital por las armas nucleares. La democracia, la diplomacia y la predominancia por el respeto a los derechos humanos han logrado moderar las compulsiones bajas que puedan asomar en algunos sectores de la sociedad contemporánea.
Tenemos tratados internacionales, de no proliferación, para impedir que nuevos países obtengan armas nucleares, así como, tratados para que se controle el desarrollo armamentístico de carácter nuclear, reduciendo su alcance y peligrosidad mundial (START I, New START, INF). Obviamente, el mundo estaría más seguro sin esta amenaza, pero se encuentra contenida.
Ahora bien, no es lo mismo con la Inteligencia Artificial, IA, aunque no es un arma en sentido convencional, si puede llegar a serlo, pues son muchas las voces que han emergido denunciando tal riesgo.
Además, la ciencia ficción ha contribuido para disponer a todo el globo contra el desarrollo excesivo de esta tecnología, siendo a nuestro gusto, la película “Matrix” una de las mejores y más aterradoras obras en la materia. No debemos perder la calma, pero, la peor de las distopías hoy en día es posible, si no tomamos los resguardos en el manejo ético de la IA.
Se trata de un asunto público, el Estado debe inmiscuirse, cuanto antes. No para impedir el desarrollo y evolución de los diversos modelos de IA, que pueden contribuir significativa y favorablemente a un mayor bienestar de la sociedad, sino, para regular su funcionamiento y aplicación.
Toda aquella acción que implique una responsabilidad humana debe quedar fuera de la IA. Esto es, fallos judiciales, intervenciones y diagnósticos médicos, terapia psicológica, decisiones políticas, etc. Se debe tener en cuenta que, la IA es sólo una herramienta, no es el maestro; es un copiloto, no el piloto. El estudiante que utiliza esta herramienta no debe ingresar un prompt “hazme el trabajo”, sino, “dame información respecto a…”. La diferencia es gravitante.
Se trata de no suplantar el juicio humano ni la voluntad personal, tampoco la responsabilidad humana ni la experiencia individual. Aquellos valores que nos afirman como humanos, libres, y que nos separan insalvablemente de todo el resto de la creación de Dios toda vez que, fuimos conformados a su imagen y semejanza.
El día en que una persona prefiera la compañía de un robot al de otra persona de carne y hueso, estaremos asistiendo a una decadencia lamentable debido a un uso poco ético de la tecnología.
Es momento de que los cuerpos pensantes y deliberantes de todos los sectores de la política, actúen, pues el riesgo existe, es muy real, y es nuestro deber asumir el rol de esta nueva era de la humanidad que nos ha tocado.