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Cuando el “yo” no basta… y el otro se vuelve camino

Por Carlos Francisco Reyes Reyes, presidente de la agrupación "Apapachos" de Temuco

Publicado por: Equipo GDigital | viernes 30 de enero de 2026 | Publicado a las: 16:30

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La sociedad actual ha puesto al individuo en el centro de todo. Se nos invita a construir la vida desde la autosuficiencia, a resolver solos, a proteger lo propio y a avanzar sin depender demasiado de nadie.

El mensaje es claro: mientras menos necesites, más fuerte eres. Sin embargo, con el paso del tiempo, esta lógica comienza a mostrar su desgaste. El “yo” se cansa. Y el corazón también.

Porque vivir solo para uno mismo termina por encerrar. La búsqueda constante de bienestar personal, desconectada del entorno, suele transformarse en una carrera silenciosa donde nunca es suficiente. Nos volvemos expertos en cumplir metas, pero cada vez más torpes para acompañar, escuchar y hacernos cargo del dolor ajeno. Así, sin darnos cuenta, el individualismo va debilitando algo esencial: el sentido de comunidad.

Curiosamente, muchos descubren la paz no cuando logran más, sino cuando se detienen para mirar al otro. Ayudar, servir, acompañar —incluso en gestos pequeños— abre un espacio distinto en el interior.

No porque resuelva todos los problemas, sino porque desplaza el eje. El foco deja de estar únicamente en lo que me falta y se posa, por un momento, en lo que puedo ofrecer.

Hay algo profundamente transformador en salir de uno mismo. Cuando la vida se abre al encuentro, el corazón encuentra un descanso que no proviene del control ni del éxito, sino del sentido. En el acto de ayudar, algo se ordena por dentro: la ansiedad baja, la soledad pierde fuerza y la existencia vuelve a sentirse parte de algo más grande.

No es casual que muchas de las personas que más paz transmiten sean aquellas que han aprendido a servir. No porque tengan la vida resuelta, sino porque comprendieron que la plenitud no se construye en aislamiento. Al contrario, florece cuando reconocemos que necesitamos y somos necesitados, que dar y recibir son parte del mismo movimiento.

Tal vez el desafío de este tiempo no sea reforzar aún más el “yo”, sino atrevernos a abrir espacio al “nosotros”. Volver a mirar con compasión, a tender la mano sin esperar nada a cambio, a entender que el bienestar personal y el bienestar colectivo no están separados.

Porque cuando el otro deja de ser una carga y se convierte en camino, algo cambia. Y en ese gesto —sencillo, humano, profundamente necesario— el corazón encuentra una paz que no se puede fabricar, solo compartir.


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