Publicado por: Equipo GDigital | viernes 3 de julio de 2026 | Publicado a las: 12:05
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Viajar siempre enseña. Pero cuando el viaje tiene un propósito académico, las lecciones suelen ir más allá de las aulas. Durante mi estadía en España, recorriendo universidades y observando la vida cotidiana, una pregunta comenzó a rondar con insistencia: ¿Por qué un trabajador español, aun pagando más impuestos que un chileno, parece disfrutar de un mayor poder adquisitivo y de una mejor calidad de vida?
La respuesta no es tan simple como afirmar que «ganan más». Es cierto que el salario mínimo español supera ampliamente al chileno. Sin embargo, comparar únicamente los ingresos conduce a conclusiones incompletas. Lo verdaderamente relevante es cuánto puede consumir una persona con ese ingreso y cuánto debe destinar a cubrir necesidades básicas.
En Chile solemos mirar la carga tributaria con desconfianza. Existe la percepción de que un mayor impuesto implica, inevitablemente, una pérdida de bienestar. No obstante, la experiencia española demuestra que la relación entre impuestos y calidad de vida es bastante más compleja.
España posee un sistema tributario más exigente para las personas. A ello se suman importantes cotizaciones sociales que financian salud, pensiones, seguros de desempleo y otros beneficios. En términos simples, un trabajador español entrega una parte mayor de su renta al Estado que un trabajador chileno. Sin embargo, ese mismo Estado devuelve una porción importante de esos recursos en forma de servicios públicos que reducen el gasto de las familias.
La educación, la atención sanitaria, el transporte público y diversas prestaciones sociales alivian significativamente el presupuesto familiar. En consecuencia, aunque el ingreso disponible después de impuestos sea menor, también lo son muchos de los gastos que en Chile deben ser financiados directamente por los hogares.
Existe además un aspecto que suele pasar inadvertido. Mientras el debate tributario chileno se concentra con frecuencia en aumentar o disminuir los impuestos a las empresas, Chile mantiene una tasa de impuesto corporativo superior a la española. Paradójicamente, muchas economías europeas recaudan una mayor proporción de sus ingresos mediante impuestos personales y cotizaciones sociales, dejando relativamente menos peso sobre las utilidades empresariales.
Pero sería un error concluir que el bienestar español se explica únicamente por su sistema tributario. El verdadero motor se encuentra en otro lugar: la productividad.
España produce más riqueza por trabajador. Sus empresas generan mayor valor agregado, incorporan más tecnología y operan en mercados de mayor sofisticación. Esa mayor productividad permite pagar mejores salarios y, al mismo tiempo, financiar un Estado capaz de ofrecer servicios públicos de amplia cobertura.
Esta reflexión resulta especialmente pertinente para Chile. Nuestro
debate suele concentrarse en quién debe pagar más impuestos, cuando quizá la pregunta previa debería ser cómo logramos que nuestra economía produzca más riqueza. Sin crecimiento sostenido, innovación, inversión y capital humano, cualquier discusión tributaria termina transformándose en una disputa por distribuir recursos escasos.
La experiencia española no constituye un modelo perfecto. También enfrenta importantes desafíos, como el acceso a la vivienda, el desempleo juvenil o las tensiones propias de un Estado de bienestar costoso. Sin embargo, ofrece una enseñanza que merece atención: el bienestar de una sociedad depende menos del nivel de los impuestos que de la capacidad de transformar esos recursos —junto con una economía dinámica y productiva— en oportunidades reales para las personas.
Quizá esa sea una de las lecciones más valiosas que un chileno puede traer de España.
Antes de preguntarnos cuánto recaudar, deberíamos preguntarnos cómo crear más valor. Porque ningún sistema tributario, por eficiente que sea, puede distribuir una riqueza que primero no ha sido capaz de generar.