Publicado por: Equipo GDigital | miércoles 4 de marzo de 2026 | Publicado a las: 07:52
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Mientras nos preparamos para dar inicio al invierno, mientras ajustamos protocolos, coordinamos rutas y fortalecemos la articulación entre municipio y organizaciones sociales, Gustavo murió. Murió en la noche, solo, en la calle.
Un amigo —también en situación de calle— lo llevó al hospital y le dijeron que no podían atenderlo “otra vez”. Horas después, Gustavo ya no estaba. No es una cifra ni un titular pasajero; es una vida que se perdió en una grieta que como ciudad todavía no logramos cerrar.
En Temuco hemos avanzado y es justo reconocerlo. El trabajo mancomunado entre las agrupaciones y la municipalidad el invierno pasado fue real: hubo planificación, coordinación efectiva y activación oportuna del Código Azul impulsado por el Ministerio de Desarrollo Social y Familia. Se fortalecieron las rutas nocturnas, se dispusieron albergues y, en términos de hipotermia, se evitó que el frío cobrara vidas.
Ese logro habla de compromiso y aprendizaje institucional. Sin embargo, la muerte de Gustavo nos recuerda que la preparación social no basta cuando la red no está completamente integrada.
No murió por una ola polar; murió en medio de una fractura institucional que sigue expuesta: la desconexión entre el trabajo territorial que realizan voluntarios y municipio, y la respuesta del sistema de salud.
Quienes salimos a ruta lo sabemos. Llamados a ambulancias que no llegan, tiempos de espera que se dilatan, evaluaciones que se postergan hasta que la situación es crítica. Personas en situación de calle que deben demostrar un deterioro extremo para ser consideradas urgentes. Reingresos hospitalarios que se leen como insistencia y no como señal de vulnerabilidad estructural.
No se trata de señalar a funcionarios individuales que muchas veces trabajan bajo presión y con recursos limitados. Se trata de reconocer un problema estructural de comunicación y coordinación. Y aquí es necesario decirlo con claridad: no basta con la voluntad y la operatividad municipal. No basta con que el municipio active protocolos, articule albergues y fortalezca la respuesta social.
No basta con el compromiso de las agrupaciones que recorren la ciudad bajo la lluvia. Si el sistema sanitario no forma parte activa y prioritaria de esa red, el circuito queda incompleto y las consecuencias son irreversibles.
Una ciudad puede organizarse socialmente, pero si la puerta de urgencias no responde con enfoque de vulnerabilidad, la red se quiebra. El voluntariado contiene en la primera línea, la municipalidad coordina y estructura, pero la salud pública muchas veces tiene la última oportunidad de sostener una vida. Cuando esa oportunidad falla, el costo no es administrativo ni político; es humano.
La muerte de Gustavo no puede quedar solo en la tristeza. Debe empujarnos a avanzar hacia una coordinación intersectorial real, con protocolos diferenciados para personas en situación de calle, canales directos de comunicación para las rutas nocturnas y seguimiento clínico efectivo de los casos más críticos.
El invierno expone cuerpos al frío, pero la desarticulación expone vidas al abandono. Y si realmente queremos decir que estamos más preparados, esa preparación debe incluir a Salud como un actor plenamente integrado y comprometido.
El invierno no espera. Y la salud tampoco debería hacerlo.