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La otra economía del campo: el trabajo de las mujeres rurales que no aparece en las cifras

Las mujeres representan el 23% del empleo silvoagropecuario y pesquero en Chile, pero su aporte a la economía rural va más allá del trabajo remunerado: la producción de alimentos, las labores domésticas y los cuidados sostienen a las familias y a las explotaciones agrícolas, aunque parte de ese trabajo queda fuera de las estadísticas.

Publicado por: Equipo Golpedigital.cl | martes 13 de octubre de 2026 | Publicado a las: 20:55

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Mujeres rurales trabajando en un invernadero de tomates en La Araucanía
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Equipo Golpedigital.clRedacción✉ contacto@golpedigital.cl

En el campo, una misma jornada puede incluir labores agrícolas, cuidado de animales, preparación de alimentos y atención de familiares. Parte de estas actividades genera ingresos; otras, aunque resultan indispensables para las economías familiares, no se contabilizan como trabajo remunerado. Esta diferencia deja una parte de la actividad rural fuera de las mediciones tradicionales y dificulta dimensionar el aporte de las mujeres.

Según cifras de la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (ODEPA), en 2024 las mujeres representaban el 23% del empleo silvoagropecuario y pesquero en Chile, con 126.193 personas ocupadas, frente a 427.330 hombres. Sin embargo, su participación en la economía rural no se limita al empleo formal: también incluye actividades de autoconsumo, transformación de productos y cuidados que no siempre se traducen en ingresos propios.

Maruja Cortés, académica de la Universidad Católica de Temuco (UCT), explica que la falta de reconocimiento de estas labores tiene consecuencias que trascienden el ámbito doméstico. El Producto Interno Bruto (PIB) no incorpora directamente el trabajo no remunerado, lo que puede subestimar la contribución de las mujeres a la producción y al sostenimiento de las economías familiares. “Que no exista un sueldo individual no significa que el trabajo sea gratuito”, precisa.

La académica puntualiza que el aporte de las mujeres rurales se expresa en la producción de alimentos para el autoconsumo, la conservación de semillas, la transformación artesanal de productos y la comercialización. Estas actividades representan alimentos disponibles, ingresos y costos que los hogares dejan de asumir.

La invisibilización también puede repercutir en el diseño de políticas públicas, el acceso al crédito y la asistencia técnica, especialmente cuando los apoyos se dirigen a quienes figuran como titulares de las explotaciones y no necesariamente a quienes realizan parte importante de las labores productivas.

Una jornada que ocurre en simultáneo

Jorge Constanzo, académico de la UCT, plantea que comprender el trabajo rural exige superar una mirada construida desde las dinámicas urbanas. En la agricultura familiar, las labores productivas, domésticas y de cuidados no siempre se realizan de manera sucesiva; con frecuencia, ocurren al mismo tiempo.

Una mujer puede estar a cargo de la producción agrícola o ganadera, administrar un emprendimiento y comercializar sus productos mientras atiende las necesidades del hogar y cuida a familiares. “Ya no una doble o triple jornada, tenemos una red compleja de roles y actividades que suceden de forma simultánea”, señala Constanzo.

Esta multiplicidad de responsabilidades puede generar sobrecarga física, psicológica y emocional, además de limitar las posibilidades de descanso, autocuidado y participación. El académico advierte que los programas de fomento productivo pueden sumar nuevas exigencias cuando no consideran las tareas domésticas y de cuidados que ya asumen las mujeres.

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El costo de no reconocer el trabajo

Las desigualdades también se reflejan en las condiciones económicas de los hogares rurales. De acuerdo con datos de ODEPA basados en la encuesta Casen 2024, los hogares rurales con jefatura femenina presentan mayores carencias que aquellos encabezados por hombres: 16,2% frente a 12,5%.

Para Cortés, reconocer el trabajo no remunerado implica comprender su aporte a través de alimentos, ingresos, costos evitados y continuidad de las explotaciones familiares. Constanzo, en tanto, subraya la necesidad de generar evidencia que permita comprender cómo se distribuyen las tareas y de qué manera las responsabilidades simultáneas condicionan la vida de las mujeres rurales.

Ambos coinciden en que medir estas labores es fundamental para diseñar políticas públicas más pertinentes y comprender de manera más completa la economía del país. El desafío es que el trabajo que sostiene la producción y la vida cotidiana de las familias rurales deje de permanecer al margen de las cifras.


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