Publicado por: Equipo GDigital | viernes 20 de febrero de 2026 | Publicado a las: 07:38
vistas 149

En los últimos meses se ha hablado del fenómeno de los therians: adolescentes que se identifican simbólicamente con animales y construyen comunidad en torno a esa narrativa. Para algunos es una excentricidad digital. Para otros, una amenaza cultural. Pero quizás estamos mirando el síntoma y no la raíz.
La crisis que vivimos no es simplemente cultural. Es afectiva.
Es fácil culpar a las redes sociales, a las modas juveniles o a las nuevas corrientes identitarias. Sin embargo, antes de apuntar hacia afuera, conviene mirar hacia adentro: hacia nuestros hogares, nuestras conversaciones, nuestras ausencias.
Nunca habíamos tenido tanta conexión digital y, al mismo tiempo, tanta desconexión emocional.
Muchos jóvenes hoy crecen con acceso ilimitado a información, pero con acceso limitado a presencia. Padres agotados por jornadas extensas. Madres sobrecargadas. Hogares donde hay techo, comida y tecnología, pero escasean las conversaciones profundas, el tiempo compartido y la validación constante.
La identidad no se construye sola. Se forma en el reflejo.
Un hijo aprende quién es cuando alguien le dice con convicción: “Te veo”, “Eres valioso”, “Estoy aquí”.
Cuando ese espejo falla, el adolescente comienza a buscar otros. Y las redes sociales siempre están disponibles para ofrecer uno. Allí hay comunidades que validan sin preguntar demasiado, que ofrecen pertenencia inmediata y que prometen identidad clara en medio de la confusión.
No se trata de ridiculizar ni de alarmarse sin comprensión. Tampoco de normalizar todo sin discernimiento. Se trata de reconocer que, detrás de muchas expresiones juveniles, hay una necesidad profundamente humana: ser amado, ser afirmado, pertenecer.
La figura paterna y materna no son opcionales en la construcción identitaria. No hablamos solo de presencia física, sino emocional. El padre que orienta, marca límites y afirma. La madre que contiene, escucha y sostiene. Cuando esas funciones están debilitadas —por ausencia, conflicto o desconexión— la identidad queda expuesta a construirse con materiales frágiles.
La pregunta no es por qué nuestros jóvenes buscan nuevas formas de nombrarse. La pregunta es por qué sienten que no fueron suficientemente nombrados en casa.
La crisis no comenzó en internet. Comenzó cuando el tiempo de calidad fue reemplazado por pantallas compartidas en silencio. Cuando el diálogo fue sustituido por órdenes rápidas. Cuando el afecto quedó implícito, pero no expresado.
Nuestros jóvenes no están intentando dejar de ser humanos. Están intentando sentirse parte de algo. Y si la familia no logra ofrecer pertenencia sólida, el mundo digital lo hará.
Tal vez el desafío no es combatir cada tendencia juvenil que aparece. Quizás el desafío es reconstruir vínculos, fortalecer la presencia, volver a mirar a nuestros hijos a los ojos y recordarles, con palabras y hechos, quiénes son.
Porque cuando un joven sabe que es amado sin condiciones, afirmado con claridad y acompañado con firmeza, difícilmente necesitará buscar identidad en territorios prestados.