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“Tengo fe en Chile y su destino”: economía, malestar y responsabilidad política

Por Marco Antonio Vásquez, ingeniero comercial-contador Público y Auditor; académico Facultad de Ciencias Jurídicas y Empresariales de La UFRO

Publicado por: Equipo GDigital | martes 23 de diciembre de 2025 | Publicado a las: 17:59

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Trascurrido algunos días de la segunda vuelta presidencial en nuestro país y del cambio de timón impuesto por la ciudadanía, me vino a la memoria la frase del ex Presidente de Chile Salvador Allende G.: “Tengo Fe en Chile y su destino”.

Esta frase concentra una profunda carga histórica, ética y política, pero también humana y republicana. Les invito a leer esta columna y desde una perspectiva más crítica analizar el futuro de la izquierda en Chile.

En el Chile actual, donde la extrema derecha ha accedido al poder por la vía democrática y donde se repite que la izquierda ha perdido conexión con la realidad de las personas, la frase de Salvador Allende —“Tengo fe en Chile y su destino”— deja de ser un recuerdo solemne para convertirse en una pregunta incómoda sobre nuestra economía y nuestra política.

El voto ciudadano no puede entenderse solo como un giro ideológico. Es, sobre todo, una respuesta a un malestar económico persistente: salarios insuficientes, endeudamiento estructural, inseguridad laboral, miedo al delito, abusos de poderosos, colusión y una sensación extendida de abandono por parte del Estado. Cuando la vida cotidiana se vuelve incierta, la promesa de orden y control resulta políticamente eficaz, aun cuando simplifique problemas complejos.

La izquierda no está muriendo, pero sí enfrenta una crisis profunda de interpretación de la economía real. Durante años habló de modelos, reformas y derechos en abstracto, mientras millones de personas evaluaban su bienestar con criterios simples: ¿Me alcanza?, ¿Estoy seguro?, ¿Tengo futuro?

Allí se produjo la desconexión. No por falta de convicciones, sino por exceso de distancia entre el discurso político y la experiencia concreta.

Allende entendía que la economía debía estar al servicio de la dignidad humana, pero también comprendía que sin responsabilidad económica no hay proyecto social sostenible. Su fe en Chile no era ingenua ni voluntarista: descansaba en la idea de que el desarrollo debía combinar crecimiento, justicia y legitimidad democrática.

Hoy, releer esa frase exige asumir que ningún sector tiene el monopolio moral del pueblo ni de sus necesidades.

El “destino” de Chile no está garantizado por buenas intenciones ni por consignas históricas, sino por la capacidad de ofrecer estabilidad material, cohesión social y futuro creíble.

“Tengo fe en Chile y su destino” es la expresión de una esperanza histórica consciente, que afirma que ningún proyecto de transformación social muere definitivamente mientras exista un pueblo capaz de recordar, reflexionar y volver a intentarlo.

Quizás la enseñanza más vigente de la frase de Allende sea esta: la democracia se sostiene cuando la economía está al servicio de la vida cotidiana de las personas, y no cuando las personas deben adaptarse a modelos que no las consideran.

Tener fe en Chile hoy no es negar el momento que vivimos, sino confiar en que, a partir de este remezón político y social, el país aún puede corregir rumbos, reencontrar sentido y reconstruir un proyecto común con los pies firmemente puestos en la realidad. Este es mi horizonte.


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