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Solidaridad: ¿Una estrategia de marketing?

Columna de opinión por Carlos Francisco Reyes Reyes, presidente de la agrupación "Apapachos" de Temuco

Publicado por: Equipo GDigital | jueves 12 de febrero de 2026 | Publicado a las: 07:50

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Vivimos en una época donde ayudar se ha vuelto visible. Demasiado visible. Hoy la solidaridad no solo se practica, se graba, se edita, se musicaliza y se sube a redes sociales. La pobreza, el dolor y la necesidad se transformaron en contenido. En historias emotivas, en Reels de un minuto, en campañas con logo, eslogan y patrocinadores.

No es que ayudar esté mal. Al contrario. El problema es cuando la ayuda deja de ser el centro y pasa a ser el medio. Medio para crecer en seguidores, para mejorar la marca personal, para construir una imagen de “buena persona”. Cuando la solidaridad ya no nace solo de la empatía, sino también de la lógica del algoritmo.

Hoy vemos influencer recorriendo poblaciones, grabando a personas en situación de calle, regalando dinero, comida o ropa frente a una cámara. Todo muy emotivo. Todo muy viral. Pero pocas veces nos preguntamos: ¿Quién controla esa narrativa? ¿Quién decide qué historia se cuenta, cómo se cuenta y para qué se cuenta?

Porque aquí hay algo que casi nunca se dice en voz alta: los likes también pagan. Mientras más visualizaciones, más alcance. Mientras más alcance, más marcas interesadas. Y mientras más marcas, más dinero. La ayuda social entra así en una lógica perversa: a mayor miseria mostrada, mayor rentabilidad generada.

La pobreza se vuelve rentable. El dolor se monetiza. La necesidad se convierte en capital simbólico y económico.

La dignidad, en muchos casos, se vuelve el precio a pagar por recibir ayuda. Rostros expuestos, testimonios íntimos, lágrimas ajenas convertidas en storytelling. Personas reales reducidas a personajes secundarios en el relato del “salvador digital”. Cambiamos al Estado ausente por el influencer omnipresente.

Y lo más inquietante es que esto ya no nos parece extraño. Nos acostumbramos a ver la pobreza como espectáculo. A consumirla desde el celular, con audífonos, mientras scrolleamos. Nos conmueve, sí, pero también nos entretiene. Nos indigna, pero nos genera contenido. Nos duele, pero nos da likes.

Desde el trabajo territorial, desde la calle, desde el voluntariado real, la escena se ve distinta. Hay procesos que no caben en un video. Hay historias que no se pueden resumir en un Reels. Hay personas que no necesitan una cámara, necesitan tiempo, presencia, constancia, vínculos. Acompañar no es llegar, grabar y desaparecer. Acompañar es quedarse cuando ya no hay aplausos.

Tal vez el problema no es que los influencers ayuden. El problema es que empezamos a creer que ayudar es mostrar. Que, si no se ve, no existe. Que, si no genera impacto digital, no vale. Que la solidaridad necesita audiencia para ser válida.

Pero la ayuda que transforma de verdad casi nunca es viral. No tiene música épica. No tiene edición. No tiene sponsors. Tiene silencios, frustraciones, procesos lentos, recaídas, vínculos humanos, cansancio y compromiso sostenido.

Cuando la solidaridad se convierte en estrategia de marketing, deja de ser un acto social y profundamente humano, y pasa a ser un producto. Y ahí la pregunta ya no es cuánta gente ayudamos, sino para quién estamos ayudando realmente: ¿Para el otro o para alimentar nuestro propio personaje digital?

Porque el amor al prójimo no necesita testigos. Solo necesita responsabilidad.


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