Publicado por: Equipo GDigital | sábado 25 de abril de 2026 | Publicado a las: 13:38
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He perdido la cuenta de las ocasiones que he visto “El último tango en París” (1972), obra del controvertido cineasta italiano Bernardo Bertolucci, quien nos dejó el 2018.
Al recordarla pienso en mis películas favoritas de su protagonista, Marlon Brando, por ejemplo, “La ley del silencio” (1956), con la que ganó su primer Oscar a Mejor Actor.
La aclamada “Un tranvía llamado deseo” (1954); la polémica “Sayonara” (1957); la demencial “Apocalipsis ahora” (1978) y “El padrino” (1972) en que obtuvo el segundo Oscar a Mejor Actor, premio que rechazó en protesta contra el trato que recibían los pueblos indígenas por Hollywood.

Sin embargo, en “El último tango en París” el actor sobrepasó todas mis expectativas, con una interpretación sin precedentes en la pantalla grande y donde termina siendo él mismo, asociando algunas escenas a episodios turbulentos de su vida personal traspasando la fantasía.
Así Brando se convierte en el sostén del relato, y cuando éste no aparece en pantalla todo es absurdo, y la cinta camina rumbo al precipicio.

Durante varios días las escenas me daban vuelta en la cabeza, las revisaba una y otra vez para cerciorarme que no había sido casualidad la genialidad del artista.
Para muestra un botón el monólogo de Paul junto a su difunta esposa Rosa, con esa increíble capacidad de improvisación que el actor brindaba en la mayor parte de su carrera.
“Puedo entender los secretos del universo, pero nunca entenderé la verdad sobre ti, nunca”, expresa junto al cadáver de su amada esposa.

Choque generacional
El argumento es el choque de generaciones incompatibles, su título catapulta el filme: la última caricia, un último beso, una última lágrima, la última cita, un último tango y luego corremos hacia el final del túnel.
Un departamento en la ciudad de la Torre Eiffel es el epicentro de encuentros anónimos, entre una joven, de 20 años, perteneciente a la burguesía francesa, Jane, María Schneider, y un americano cuarentón, un hombre triste y confundido, Paul, Brando.
Jane vive con los recuerdos de su niñez en la casa de su padre, exmilitar conservador; y Paul está atormentado por el suicidio de su esposa.

Corazones solitarios
Bertolucci muestra el vacío de estos corazones solitarios en un ambiente melancólico, con una opaca Ciudad luz, notable fotografía de Vittorio Storaro, quien construye una lúgubre y triste París como nunca la observé en pantalla.
Mención especial la banda sonora de Gato Barbieri, y ese inolvidable sonido de saxofón, compañero ideal de estos encuentros clandestinos en la ciudad del amor en que a veces los nombres no importan.
Así la pasión se apodera de los protagonistas, fieles representantes de la revolución sexual de los setenta. Nacía el mito de “La mantequilla”, de lo cual se sigue hablando hasta hoy con polémicas y versiones no aclaradas del todo.

Por Andrés Forcelledo Parada.-