Publicado por: Equipo GDigital | sábado 6 de junio de 2026 | Publicado a las: 13:51
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“Los siete samuráis” (1954) fue el primer filme que visioné de Akira Kurosawa en un ciclo de cine en la Aula Magna de la Universidad Católica de Temuco.
Honestamente me quedé de una pieza y fascinado con esta maravilla. Fue entonces cuando decidí ver otras cintas del reconocido realizador japonés.
El desafío era si otras cintas pudiesen superar la epopeya de siete valientes que defendieron a un pueblo abandonado a su suerte.

En el centro el director Akira Kurosawa (1910-1998) dando instrucciones a los actores en Ikiru.
Así disfruté de su ópera prima “Sugata Sanshiro” (1943), “Rashomon” (1950), “Kagemusha” (1980), “Ran” (1985) y muchas más. Hasta entonces tenía una idea equivocada del trabajo de Kurosawa, pensaba que sólo realizaba películas de aventuras y samuráis. La verdad no lo había visto todo.
En otro ciclo organizado por la Universidad de La Frontera, Ufro, en una sala que hoy no existe y que funcionó en calle Arturo Prat con Manuel Rodríguez, en una exhibición con muy poco público disfruté del filme que se transformó en mi favorito del realizador nipón, “Vivir” o “Ikiru” (1952).
La genialidad del director superó todo lo imaginable con una sencilla historia sobre un anciano funcionario público, el Sr. Kanji Watanabe, Takashi Shimura, actor fetiche del realizador con quien trabajó en 16 ocasiones.

Recuerdo que parte el filme y un narrador hace una lapidaria reseña del protagonista: “Este hombre es el protagonista de nuestra historia. Pero sería aburrido hablar ahora de él. Ya que sólo está matando el tiempo. Pasa de largo por la vida. En realidad casi no está vivo”.
El anciano hace 20 años es viudo y todo ese tiempo estuvo enfocado al trabajo y en la crianza de su hijo. Su profesión es monótona y la falta de comunicación lo distancia de su primogénito que se convierte en un extraño en su propio hogar.
El protagonista había renunciado a vivir y sus movimientos son similares a los de un zombie, no expresa sentimiento alguno y su voluntad es débil. El tiempo pasa muy lento para él, lo cual tiene que verificar a cada instante viendo su reloj de bolsillo.
Avanzada la historia y el personaje inicia una carrera contra el tiempo para dar sentido a su existencia y aceptarse. Sabe que ha desperdiciado años de su vida y decide efectuar un viaje con la ayuda de dos personajes.

En su hora más oscura Watanabe ve una luz al final del túnel, aún tiene la libertad de elegir su presente y un destino que le pueda dar sentido a su vida, para lo cual se propone un loable objetivo.
Akira Kurosawa hace una profunda reflexión sobre el sentido de la vida y la perspectiva inevitable de la muerte, creando una maravillosa película sobre la condición humana y nuestros miedos más profundos.
Estos elementos me hacen pensar sobre lo efímero de la existencia en que a veces despreciamos vivir el presente, y nos privamos de disfrutar las bellas y sencillas cosas que están frente a nuestras narices. Imperdible e inspiradora cinta que invitará a más de alguien a realizar cambios necesarios en su vida.

Por Andrés Forcelledo Parada.-